Los odiosos ocho: el ´whodunnit` perfecto

Quentin Tarantino es de esos directores que ha conseguido abrirse camino en el mundo comercial con un estilo muy definido. Se ha creado una marca, una seña de identidad reconocible en todas sus películas a pesar de su variedad (nada tiene que ver Kill Bill con Once Upon a Time in Hollywood), algo que por sí mismo ya tiene un mérito enorme. Se le ha relacionado siempre con el exceso en la violencia, pero muchas veces se obvia que ello no es más que una consecuencia de su característica principal. Tarantino es un caricaturizador, se desmarca de los guionistas corrientes que a través del realismo en las interacciones entre personajes buscan la empatía del espectador, él aparta todo eso, haciendo que muchas veces sus personajes sean más carismáticos que otra cosa. El éxito de su escritura se apoya en exclusiva en el ingenio de sus diálogos y el ritmo narrativo que le imprime a sus escenas.

Esta forma de contar historias tiene inconvenientes. En muchas ocasiones, sus escenas pueden parecer compartimentos estancos, un detrimento a la fluidez de la película que alcanza su máxima expresión en Pulp Fiction. “Los Odiosos Ocho” no es una excepción, sus dos horas y cuarenta y siete minutos no son precisamente ligeros, tiene un ritmo lento que aun siendo necesario, requiere de un esfuerzo en lo que prestar atención se refiere. Dicho esto, si existe algún tipo de historia que acepta las trabas del estilo de Tarantino a la perfección es esta, una de misterio.

“Los odiosos ocho” es un puzzle, un juego macabro que se basa en la mentira y la perspicacia. Alojados en la mercería de Minnie, ocho extraños comparten refugio a la espera de que una fuerte ventisca amaine. Los integrantes son un cazarrecompensas junto a su prisionera y su cochero, el nuevo alcalde de Red Rock, el verdugo, un anciano ex soldado confederado, el encargado de la mercería en ausencia de Minnie y el protagonista Samuel L. Jackson que encarna a un ex soldado del lado de la Unión, expulsado de la caballería por haber matado a treinta y siete soldados de los suyos fortuitamente durante su huida de una prisión durante la guerra. Durante la estancia se palpa en el ambiente que el clima es hostil, tenso, cada interacción entre extraños supone un desafío por revelar las verdaderas intenciones del otro por medio de insinuaciones. Tras la primera muerte, comienza el juego de averiguar quién es el culpable.

Y es que la esencia de los whodunnit (who has done it) reside en su capacidad para enganchar al espectador con el misterio, la duda. Se trata de un rompecabezas que triunfa cuando alcanza un equilibrio entre dar las pistas suficientes para elaborar teorías propias pero sin revelarlo todo de golpe, información a cuenta gotas. Es por ello que en estas tramas cobra gran interés el diálogo entre personajes, porque la acción es escasa y tiene que estar sustentada por un enredo enigmático que se deshace en las conversaciones, y es ahí donde las fortalezas de Tarantino entran en escena.

Sumado a ello, hay que añadir que en la octava película del director se expande una idea que es recurrente en sus obras, la moralidad en la violencia. Estamos acostumbrados a historias de guerra, donde la temática central suele rechazar el recurso violento como aceptable, y lo hace mostrando sus consecuencias más negativas. Pero aquí no, aquí se abraza la dureza, la agresividad, todos los aspectos más viles que pueda ofrecer el ser humano con un regodeo casi insultante para el desdén al que se nos tiene acostumbrados frente este tema. Esta aceptación como algo natural, inherente al hombre y en forma de parodia logra relajar las visiones de esta perspectiva, que al ser frontalmente opuesta a la condenatoria podría plantear algún problema para la audiencia.

En la mayoría de las ocasiones, el “qué” ocurre en la historia nos importa más que el “cómo”. No es el caso de “Los Odiosos Ocho”, un caramelo en la boca tanto para los fans de uno de los directores más prestigiosos de los últimos años como de los que adoren un buen misterio.


------ZONA SPOILER------

Uno de los conflictos más trabajados del film es el que ocupa la crispación que hay entre Marquis (Samuel L. Jackson), ex soldado negro del bando de Abraham Lincoln, y los afines a la causa sureña alojados en la mercería. El último plano, con el sheriff de Red Rock, abiertamente racista y contrario a todos los ideales que defiende Marquis, recostado al pie de la cama leyendo en voz alta la carta falsa que el propio Marquis  se auto escribió fingiendo que se carteaba con Abraham Lincoln durante la guerra, culmina la reconciliación total de ambos personajes que mueren por una causa común. Porque a pesar de toda la mezquindad que rebosa en la historia, hay atisbos de orgullo, compañerismo y sobre todo, justicia.

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