Dune


Existe un medio idóneo para cada historia, un cauce adecuado para minimizar los defectos y mostrar las fortalezas de la narrativa. Si contraponemos una novela frente a una película, la primera destaca por tener facilidad para expresar los pensamientos de sus personajes, cosa que la película solo puede hacer a través de la interpretación de sus actores, métodos innovadores, o la narración con voz en off, una herramienta que en manos del director equivocado es igual que darle una pistola a un niño de cinco años. Por su parte, una película goza de la ventaja de ser un medio audiovisual, transmite información desde varios frentes y es mucho más concreta. Mientras que leer hace que nuestra imaginación fabrique una realidad más bien vaga pero libre, al mirar la pantalla tenemos frente a nosotros la visión única del director.





“Dune” tiene un bendito problema, es una cosa u otra en función de cómo la cuentes. Puesto que no me he leído la saga, no puedo hacer una comparación con la producción más reciente de Warner Bros., pero sí hay atisbos de lo que pudo haberse dejado en el tintero. Las voces más críticas la tildan de lenta, y tienen razón, pero sin duda es una lentitud necesaria. Se nota que Dune es de esas historias ricas en lore, la creación de un universo complejo y desbordante para una historia lineal. Si comparásemos Harry Potter con El Señor de los Anillos, a pesar de que ambos se encuadren dentro del mismo género (con sus distintos subgéneros, claro), es fácil ver que mientras uno siembra y recoge los elementos fantásticos a medida que avanza la trama, el otro dedica mucho más tiempo a la elaboración del mundo que rodea a los personajes, mucho más allá de las circunstancias imprescindibles para el desarrollo de la historia. Los Horrocruxes existen exclusivamente por y para tener un desenlace al conflicto entre Harry y Voldemort, el mapa del Señor de los Anillos tiene localizaciones que no tienen ninguna relevancia para el argumento principal. De cara a hacer una adaptación cinematográfica esto es muy significativo. Un libro puede tener doscientas, trescientas o mil páginas. El autor es libre de explayarse para poder explorar un mundo que no conoce más límites de los que traza su propio creador. Esto no es así en una película. La duración puede variar entre hora y pico hasta las tres o cuatro horas aproximadamente, por lo que al ser una experiencia tan condensada, necesariamente tiene que prescindir de todo aquello que no aporta a la trama. 


Si hablamos de lentitud, Dune es lenta, sí, porque su planteamiento es más largo de lo habitual. El aluvión de información es incesante hasta el verdadero pistoletazo de salida de la aventura. Hay tantas cosas que presentar, que explicar, resulta un tanto inabarcable en una primera toma de contacto, y hay que ejecutarlo excepcionalmente para no caer en la verborrea expositiva de la que son presa la mayoría de directores que afrontan este tipo de producciones. Denis Villeneuve fue sin duda la mejor elección para liderar el proyecto, porque el potencial visual de Dune es infinito, y Villeneuve ya ha demostrado con anteriores proyectos (Blade Runner 2049, La Llegada) que destaca en ese aspecto. La película es una delicia de ver, de escuchar, es una experiencia inmersiva de esas que solo pueden vivirse en una sala de cine. Sin duda alguna, fue esa la calidad que la mantuvo en pie durante el primer tercio, porque tristemente, todo lo bueno que tiene el canadiense de director lo adolece en su escritura de personajes.


En términos de estructura, Dune cumple. Como es una adaptación y no un guión original, se limita a construir con sentido las bases creadas por Frank Herbert en 1965, pero falla a la hora de crear personajes interesantes. Muchas veces se salvan las escenas única y exclusivamente por el carisma del reparto, pero sus diálogos se sienten perdidos, sin rumbo. En ocasiones, de la boca de Jason Momoa saldrá un tímido intento de humor Marvelita que para nada encaja con el feudalismo galáctico que se establece desde el inicio. No existen personajes memorables porque demasiados de sus diálogos o bien son carentes de contenido real o inician un camino en la relación entre protagonistas que no llega a ninguna parte.


Al estoicismo no lo acompaña el ingenio, que sería el verdadero atractivo. Dune es una película que dice mucho y cuenta poco. ¿Quiere hablar del honor? ¿Indagar en una trama política? ¿Explorar lo que significa el miedo a lo desconocido contrapuesto al deseo de asumir responsabilidades? Espero no tener que esperar dos o tres películas más para averiguarlo.


Nota: 7,5

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