Belfast: los ojos de la inocencia

Al igual que Alfonso Cuarón hizo en Roma en 2018, Kenneth Branagh decolora su mundo para revisitar Belfast a través de los ojos de un niño. A diferencia del director mexicano, Branagh se aleja de la objetividad y abraza el recuerdo en la experiencia más colorida que el blanco y negro ha ofrecido en los últimos años. Belfast rebosa nostalgia, es una verdadera carta de amor a la niñez, tanto por el enfoque que da a su protagonista, Buddy, como por la interacción que tiene el mundo adulto con él.

La guerra civil entre católicos y protestantes de finales del siglo XX convierte las calles de Belfast en un campo de minas. Pero donde otras historias se han centrado en las consecuencias de conflictos bélicos de esta índole, “Belfast” se desmarca, no es tímida a la hora de mostrar terror en los actos de vandalismo (una de las secuencias iniciales con más peso) pero nunca deja que esto ocupe el primer plano de su película. Porque esta no es una historia ni de guerras, creencias religiosas o segregación, es la historia de la infancia de Buddy.

La crudeza de la realidad que vive una familia alojada en su barrio de toda la vida y que ya no es seguro, cobra relevancia en la medida en que su protagonista la percibe. En muchas ocasiones, la trama principal (por ejemplo, el padre de familia tiene deudas que no puede pagar) deja paso a subtramas de menor importancia en términos lógicos, pero cargadas de vitalidad al tomar con pura honestidad los dramas que viviría un niño. Esta película tiene fácilmente los mejores diálogos infantiles escritos que he escuchado nunca. A través de ellos, conocemos el mundo junto a Buddy, aprendemos de las figuras paternales y a la vez nos extrañamos ante lo absurdo que resulta el mundo adulto a veces. Su visión nos transmite una rara sensación de empatía distante, porque todos somos conscientes de haber sido niños. Guardamos recuerdos de nosotros mismos, tristes por haber recibido una bronca o emocionados al sentarnos en clase al lado de la chica que nos gustaba, y aunque nos sea ajeno, no podemos evitar que nos invada la melancolía. Lo que hace que esta película sea única es la admiración que demuestra por el ser humano privado de la experiencia, moldeable ante un mundo de posibilidades.

De hecho, la cinta sufre cuando se distancia de esta visión, habiendo momentos en los que se acerca peligrosamente a escenas genéricas de dramas comerciales. Nunca llega defraudar, pero sí chirrían ciertos momentos en los que hay situaciones disonantes con la tónica general de simpleza.

Esto no quiere decir que la historia del protagonista sea la única fortaleza de “Belfast”. El drama familiar aborda tanto una crisis financiera interna como dilemas morales referentes a un estilo de vida muy concreto. A medida que el peligro crece en las calles, la familia debe tomar la decisión de si abandonan su barrio o no. La idea del éxodo se explora más en detalle a través de los abuelos, que son la cara visible del amor que rebosa la comunidad en Belfast, sin fronteras más allá de la panadería. Si bien su felicidad fruto de la sencillez es palpable, se deja entrever la tristeza, no por no haber explorado el mundo, sino por ser conscientes de que, en el final de sus vidas, ya no van a descubrir nada más. Esta es una de las ideas principales de la película, el valor que tiene la oportunidad, que es infinita, y que encuentra sus dos extremos en la relación que mantienen los abuelos con el niño.

No me sorprenden las múltiples nominaciones a Oscar que ha recibido esta película, tiene el corazón de La Vida es Bella y es probablemente lo que JoJo Rabbit desearía ser. Una mención especial para Jennifer Lawrence que está inmensa en el papel de madre.

Nota: 8,5

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