Snowpiercer

Las distopías son una herramienta muy útil para la exploración de ideas relativas a la condición

humana, y en especial, a su relación con la sociedad. Cualquier autor que dibuje una distopía

huye de su propio pesimismo, proclive a buscar la justicia y el sentido en un ambiente

decadente. Es un buen cauce para escribir historias más de personaje que de trama, puesto que

el exterior suele ser un reflejo simbólico del conflicto interno de la sociedad como personaje o

de los propios protagonistas, rara vez cobra relevancia el conflicto externo, y cuando lo hace, se

tiende más a una película de acción o aventura de ambientación futurista. Snowpiercer pretende

ser una crítica social enmarcada en una distopía de componente filosófico, pero la vaguedad del

tratamiento que da a sus temas no le permite serlo.

 

En mi opinión, la construcción de una buena distopía pasa por dos elementos: coherencia y

plenitud. La primera no supone alejarse de la fantasía ni mucho menos, simplemente tiene que

haber, como mínimo, indicios de alguna explicación de por qué, y mucho más importante, para

qué son las cosas así. En Up, el protagonista usa su casa como medio de transporte para llegar a

las Cataratas del Paraíso, y nadie se cuestiona la absurdez que esto supone. Esto se debe a que

hay una mínima lógica que todos conocemos (los globos de helio flotan, muchos globos juntos

podrían levantar más peso) pero sobre todo sabemos que el traslado de su hogar al lugar en el

que soñaba vivir junto a su esposa fallecida es una parte integral de la historia, esa es la clave de

una fantasía bien construida. Por su parte, Snowpiercer narra la travesía de un tren en el que

viajan los últimos supervivientes de la Tierra que ha sido asolada por las bajas temperaturas del

exterior. Es un tren autosuficiente y en constante movimiento donde los estratos sociales se

dividen en vagones (los menos privilegiados viven en los últimos vagones y los más

privilegiados delante). Y todo esto, ¿Para qué? Más allá de que el hecho de que la supervivencia

de la raza humana pasa por tener un billete de AVE me parece un argumento cogido con pinzas,

las implicaciones son nulas, solo veo una metáfora innecesariamente artificiosa. Sí, los vagones

separan a las clases sociales, lo pillamos Bong Joon-ho, ahora deme un poco de película por

favor.


Esto no sería tan importante si Snowpiercer tuviese la plenitud antes mencionada. La idea de

este elemento pasa porque los protagonistas necesariamente van a interactuar con el medio,

porque una distopía también se construye para que sea una de las principales fuerzas

antagonistas. Es aquí donde se demuestra que este film es pura fachada, sin ideas concretas

sobre las implicaciones del fenómeno que se ha presentado, no se indaga en ningún momento. Y

es que la mayor lacra de Snowpiercer es que plantea pero no desarrolla, y es especialmente

frustrante ya que es evidente que el director tiene ideas que nos señala constantemente con su

estilo de dirección, pero no cruza el umbral de plantar semillas y condena la oportunidad de

hacer una película reflexiva a tener un relato infantil. Quisiera ensalzar al menos el valor de la

producción pero es que el diseño apenas es imaginativo, una pena teniendo en cuenta que un

tren futurista es caldo de cultivo para dar rienda suelta a la creatividad.

 

Hay atisbos del mismo director que creó el tan frenético ritmo narrativo de Parásitos, la escalada

de conflictos es progresiva, aunque el guionista trata a los personajes secundarios como

pañuelos desechables. Todo ello configura un entretenido viaje que culmina en una resolución,

de nuevo, interesante aunque más por la idea que por el tratamiento.


--- AVISO  SPOILER --- 

Curtis, el protagonista, lidera la revolución de los vagones traseros y logra alcanzar la máquina

locomotora donde se encuentra el propietario del tren, Wilford. La gran revelación es que todas

las revoluciones precedentes fueron permitidas y orquestadas por el propio Wilford, al igual que

ésta, a pesar de que nunca se previó que llegara tan lejos, y con el fin de lograr un control

natural de la población total del tren con las bajas (la idea de control poblacional se expuso en el

segundo acto con un contexto totalmente diferente, denotando lo bien hilada que está la película,

no todo va a ser malo).


Lo bueno de este giro de guión es que expone limpiamente las normas del sistema social

establecido. La obtención del equilibrio por el precio de la desigualdad es el motor del villano,

que entiende que el status quo es necesario para la supervivencia de la sociedad, en otras

palabras, es esto o nada. Y la mayor razón que tiene para mantener sus creencias se la dan los

propios seres humanos, cómplices y víctimas de su propia voracidad que demuestran (mejor

dicho, cuentan, porque Curtis tiene un monólogo sobre los crímenes que ha cometido en

momentos de necesidad que hubiera sido mucho mejor ver que escuchar si lo que se busca es la

ambigüedad moral del personaje) la necesidad de un freno exterior a su profundo egoísmo, ese

freno son las reglas del capitalismo, que halla su sustento en la existencia de la sociedad de

clases.


Es aquí donde entra en escena la opinión de Bong Joon-Ho, que como vimos en Parásitos, no

peca de indiferente ante la injusticia del mundo moderno. El tren se estrella y del accidente solo

quedan dos supervivientes, una adolescente y un niño, que para su sorpresa constatan que la

supervivencia en el mundo exterior es posible a pesar del frío. Según el director coreano, la

solución pasa por dinamitar las dinámicas sociales por completo, un reset duro, y la esperanza

reside en las nuevas generaciones.

 

Los escritores de distopías, como dije antes, escapan a su pesimismo, siempre obcecados en

encontrar un final feliz, aún si no es posible tenerlo sin sus matices oscuros.

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