Del mismo modo que las películas de terror siguen líneas temáticas tendentes a la evaluación de los aspectos más crudos e incómodos de la condición humana, las feel good movies tienen como objetivo lo opuesto. Dejan buen sabor de boca, un regustillo dulce que se mantiene horas después de haber terminado la película. Pero para ello no basta con bombardear al espectador con eventos alegres y personajes felices, porque de hacerlo se obtendrá el mismo efecto que ver un anuncio de dentífricos en la televisión.
No, estas películas dependen, como casi todas, de un buen conflicto, más concretamente, unas circunstancias que si bien no tienen por qué ser extremadamente adversas, sí tienen que poner a los protagonistas en la tesitura de verse obligados a crecer o cambiar para afrontar los problemas que vienen. Es precisamente de aquí donde nace la esencia de una película de estas características, no de la felicidad que emana de los sucesos de la propia historia, sino del aire optimista con el que se afronta las dificultades de la misma.
“Captain Fantastic” narra el peculiar estilo de vida de Ben (Viggo Mortensen), que cría a sus seis hijos en un bosque estadounidense, alejados por completo de la civilización y sometidos a un estricto entrenamiento de supervivencia y formación autodidacta de todo tipo de materias. Sus hijos son niños tremendamente autosuficientes y formados y viven una vida alejada de las necesidades materiales más básicas de la sociedad capitalista. Sin embargo, tras la noticia del suicidio de la madre a causa de su trastorno de bipolaridad, juntos emprenden el viaje hacia donde tendrá lugar el entierro, un acercamiento al mundo civilizado que pone en cuestión los métodos educativos de Ben a ojos del mundo exterior y los suyos propios.
La visión cómica del director deja clara su perspectiva, existe cierta admiración hacia la rebeldía con la que Ben pone en entredicho los pilares básicos de la moral y educación estadounidenses. Se ridiculizan todo tipo de convencionalismos con ganas, como si al saltarse todas las normas se reafirmara la idea de que la familia vive la auténtica libertad. Si bien esta perspectiva está muy bien reflejada (la banda sonora plantea versiones alternativas a canciones conocidas para afianzar esta idea de rebeldía, como la transformación de canto fúnebre al rock o Sweet Child O’ Mine acústica), el precio a pagar es la vaguedad con la que se plantea en muchas ocasiones el conflicto que esto supone para los hijos. En última instancia, Ben está condenando a su familia a no saber interactuar con la sociedad, sus hijos son unos inadaptados y ello genera cierto rencor hacia su padre, un rencor que se evidencia pero no desarrolla porque la perspectiva sesgada de la historia abarca demasiado espacio en ella.
Aunque el conflicto derivado de las relaciones entre el padre y sus hijos no da todos los frutos que cabría esperar (sí hay una resolución, el problema es el planteamiento), sí que alcanza todo su potencial en el crecimiento personal del personaje que encarna Viggo Mortensen. Esta película no es sólo una reflexión sobre un estilo de vida alternativo, es una historia sobre cómo el amor paternal triunfa sobre el egoísmo. Ben tiene unos valores profundamente arraigados que transmite a sus hijos con todas sus consecuencias, y él lo sabe, pero no quiere entender que sus convicciones y el amor que siente hacia ellos tiene un grado de incompatibilidad. No quiero entrar en detalles de la película porque realmente merece verla pero su punto más fuerte se encuentra en la lucha interna del padre para dejar de imponer sus principios a la gente que quiere. La sobriedad en la interpretación de Viggo Mortensen da el cariz de un hombre hecho a la supervivencia, duro frente a las complicaciones y con un aire despreocupado. Es por eso que en los momentos en los que la coraza de Ben se rompe la emoción de las escenas es desbordante.
Películas como esta son el ejemplo perfecto de cómo el amor se demuestra con hechos y no palabras, la vería una y mil veces más.
Nota: 7.75

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